e-book El Bailarín Brillante y otros cuentos sobre la paciencia (Spanish Edition)

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Aquel hombre era una hormiga infatigable para la rebusca. Las grietas desaparecieron, y terminado el enlucido de las paredes, la mujer y la hija las enjalbegaron de un blanco deslumbrante. Devoraban los vecinos su rabia en silencio. En fin A lo lejos, en la antigua barraca de Barret , ladraba el perro olfateando la proximidad de su amo.

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Eran los amos del agua; en sus manos estaba la vida de las familias, el alimento de los campos, el riego oportuno, cuya carencia mata una cosecha. Los siete jueces se saludaron como gente que no se ha visto en una semana.

Silencio absoluto. Con este tribunal no jugaba nadie. Asomaba la oreja el ardor meridional en todos los juicios. Batiste estaba asombrado por la injusta denuncia. Miraba con ojos de rabia todas las caras conocidas y burlonas que se agolpaban en la verja. Toda la gente de la verja mostraba en sus ojos cierta ansiedad, como si ellos fuesen los sentenciados. Su condena era un tema de regocijo para la huerta. Pero este triunfo le llenaba de tristeza. Aquello no era vivir. Esperando cada uno que fuese su vecino el primero en atreverse, se contentaban con hostilizarle desde lejos.

Y encima de esta desdicha, todo el rosario condenado de libras y sueldos de multa. A pocos pasos, por el borde del camino, pasaba murmurando la acequia, henchida de agua roja. Sola no. A Roseta, el miedo le daba un apetito feroz. Su familia antes que nadie. Era mejor esperar. Marcharon todos hacia la acequia, que murmuraba en la sombra. Roseta marchaba sola hacia la ciudad. No la intimidaban el silencio y la obscuridad. Los que la inquietaban eran los vivos. Entraba el sol por el ventanillo de su estudi y toda la gente de la barraca estaba ya fuera de la cama. Su madre tuvo que aguardar. Se alegraba de verla buena Sin duda la costumbre Caminaron mucho rato en silencio.

Perqu'et vullc [12].

Historias - La paciencia

Sus relaciones eran inocentes. Temblaba de inquietud la pobre Roseta.

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Esperaba este apodo. Su padre. Me oyen como si les hablase en griego. Es la antorcha que brilla y disuelve las sombras de barbarie de esta huerta.


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En este centro se trabaja. Las once. El cauce del Turia estaba, como siempre, casi seco. Ninguna le gustaba. Ni un elefante tiene su empuje. Treinta, y bien sabe Dios que nada gano Treinta, no me diga que no, porque me muero de rabia. Trato cerrado.

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Era como si pidiese socorro. La madre lanzaba gemidos desesperados, aullidos de fiera enfurecida. En los caminos inmediatos, en las sendas, ni una persona. Tal vez eran ellos. Alguien estaba en la puerta. Las maderas se estremecieron con este martilleo loco. El pobre hombre ansiaba su anonadamiento.

No estaban en la barraca para fijarse en tales pormenores. Aquella noche, muchos durmieron mal. Ahora llegaba la suya: ahora eran los amos. Al oir sus sollozos, Batiste y su mujer levantaron la cabeza como asombrados. Y la gratitud paternal brillaba en sus miradas. Con su guirnalda extravagante y su cara pintada estaba hecho un mamarracho. Y llenaban de flores los huecos de su caja: flores sobre la blanca vestidura, flores esparcidas en la mesa, apiladas, formando ramos en los extremos.

Era la hora de comer. Teresa y su hija no pensaron en comer. Ayer hablaban pestes de usted y su familia, y bien sabe Dios que en muchas ocasiones les he censurado esa maldad. Templos del saber que difundan la luz de la ciencia por esta vega, antorchas que Pepeta se impacientaba. Era el perro despidiendo al pobre albaet , lanzando un quejido interminable, con los ojos lacrimosos y las patas estiradas, cual si quisiera prolongar el cuerpo hasta donde llegaba su lamento.

Emprendieron la marcha los chicuelos, llevando en alto grandes ramos de albahaca.

Desmelenadas y rugientes como locas, moviendo con furia sus brazos, aparecieron en la puerta de la barraca las dos infelices mujeres. Batistet roncaba en la cuadra, cerca del caballo enfermo. Al cerrar la noche no quedaba nadie. La barraca estaba obscura, silenciosa. El espacio vibraba de luz y de calor. Batiste se mostraba admirado de su cosecha.

Pasaban las viejas por las sendas con la reluciente mantilla sobre los ojos y una silleta en un brazo, como si tirase de ellas la campana que volteaba lejos, muy lejos, sobre los tejados del pueblo. Los tres valentones pujaban en brutalidad, ansioso cada uno de alcanzar renombre sobre los otros. Los tres guapos no quedaban solos un momento. Desde entonces no ha podido dejar de escribir. Se trata de ropa y cosas para el colegio. Por suerte recibo el correo con los encargos, lo imprimo, voy a las tiendas elegidas por Camila y compro las cosas que me ha pedido.

Mi ex suegra no me quiere y tiene buenas razones para no quererme. Ve el papel con mi correo y mi clave y no duda en encender la computadora y meterse a espiar mis correos. No la culpo.

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Yo hubiera hecho lo mismo. Pero no lo encuentra. No espera encontrar lo que se abre de pronto ante sus ojos: correos amatorios inflamados no de una sino de cuatro mujeres que me escriben desde distintas ciudades y a las que respondo de un modo no menos apasionado.